En la pista de baile, nadie piensa que hace gimnasia
Suena un pasodoble. Usted da el primer paso, luego el segundo, y sin darse cuenta lleva veinte minutos moviéndose. No ha ido al gimnasio. No ha contado repeticiones. Ha bailado. Y, sin embargo, ha trabajado las piernas, el equilibrio y hasta la memoria.
Ese es el secreto de los bailes de salón. Son ejercicio, pero no lo parecen. Uno no va a esforzarse: va a pasarlo bien. Y ahí está justo la gracia del asunto.
Ejercicio que no se nota
Al bailar, el cuerpo trabaja sin que usted esté pendiente del reloj ni del cansancio.
- Las piernas se mueven durante toda la pieza, a un ritmo suave y constante.
- El equilibrio se ejercita en cada giro, en cada cambio de peso de un pie al otro.
- La memoria también participa: hay que recordar los pasos, seguir la música, anticipar el siguiente movimiento.
Y todo esto puede ayudar a mantenerse ágil y con buen ánimo. No hablamos de curar nada ni de milagros. Cada persona es distinta, y conviene escuchar al cuerpo. Si tiene alguna dolencia en las rodillas, la cadera o el corazón, coméntelo antes con su médico. Él le dirá qué ritmo le conviene.
Los bailes de su generación
No hace falta aprender modas nuevas ni pasos complicados. Los bailes de siempre siguen ahí, esperándole.
El pasodoble, con su garbo. El bolero, para las piezas lentas y agarradas. El vals, que da vueltas al salón como en las películas de antes. El chachachá, alegre y con chispa. Son la música con la que muchos crecieron, la de las verbenas del pueblo y las fiestas del barrio. El cuerpo, muchas veces, ya se los sabe.
Dónde se aprende
Lo bueno es que hay sitios cerca de casa, y casi siempre a precios muy asequibles o incluso gratuitos.
- El centro de mayores de su municipio. Suelen organizar clases y tardes de baile.
- Las academias del barrio, con grupos pensados para todos los niveles.
- Las casas regionales (la casa de Andalucía, de Galicia, de Extremadura…), donde el baile va unido a la tierra de cada uno.
Recuerde: puede apuntarse igual con pareja que sin ella. En estas clases es lo más normal del mundo llegar solo. Allí se forman las parejas, se cambia de compañero y nadie se queda sentado por no venir acompañado.
Lo que se gana, además del ejercicio
Al salón de baile se va por la música, pero se sale con algo más.
Se hacen amistades. Se llena la tarde del jueves o del sábado. Se ríe, se charla, se toma después un café con los compañeros. Para quien vive solo, esa cita semanal es una compañía que se espera con ganas.
Y hay algo difícil de medir, pero muy real: en la pista, uno se olvida de la edad. Deja de contar los años y empieza a contar los compases.
Importante: empiece con calma. Vaya a su ritmo, beba agua y descanse cuando lo necesite. No se trata de competir con nadie, sino de disfrutar. Con el tiempo, notará que el paso sale solo.
Así que ya sabe. Si le apetece moverse pero la palabra “gimnasia” le echa para atrás, pruebe con el baile. Pregunte en su centro de mayores o en la casa regional más cercana por las próximas clases. A lo mejor descubre que la mejor manera de cuidarse es, sencillamente, salir a bailar.
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